Hay unos latidos barrocos frente a mis ojos,
puestos de manera perfecta en un bello ser,
disimulando que quiero olvidarlo miro por la ventana,
Y arranco imaginariamente apuñalada por su cigarro.
Sin escapatoria busco en mis bolsillos rotos una caricia,
algún cuchillo suave que parezca un suspiro,
y nada, sólo unas marcas de barro en mi chaqueta;
Sólo una flor:
sólo un florero desgarrado en el balcón vacío.
La noche se asoma por mi cinturón,
Y él lleno de silencio hace temblar mis piernas,
se alarga a mi pecho hasta sus labios de vino tinto.
La lámpara pestañea salvando mi cara de muerta,
Apagando su cintura bruja para dar paso al perfume.
Puñales de penicilina en mis manos congeladas.
Él no sonríe, tal vez porque estoy llorando,
El reloj nos toca con su tic tac fabulístico,
y yo, mejor me arrodillo en el gran edén de su belleza.
Aún no puedo mover mi vida para tocar este piano,
ahora que sólo quedó en mi ojo un beso,
pienso en volver poseída y borracha a amarlo,
hasta que se oiga mi ocaso romperse en su frente,
hasta inundar de rasguños el pómulo de su alma,
y verlo moribundo de sensaciones y gritos de auxilio.
Quiero poseer como un caballo sus amaneceres,
y luego arrancar con mi hastío por las escaleras,
a sabiendas que no estoy aquí en la calle,
imaginando que vuelvo a tocar la puerta del infierno,
y que dejo a la belleza sin caricias derramando alaridos.